DESDE EL ESCRITORIO DEL PÁRROCO

Reflexión espiritual - 6 de septiembre del 2026

La primera lectura relata el asedio de Jerusalén por los babilonios y, posteriormente, ya destruida, el profeta promete un futuro mejor. Pero es el mismo profeta quien se convierte en centinela de esta situación y de esta llamada a la responsabilidad personal, con todas sus consecuencias. Ezequiel es un profeta que goza de esta notoriedad teológica al defender en su obra el principio de que ya no es todo el mundo responsable y culpable, sino que cada uno responde según sus obras y su actitud. La misión del profeta es la de ser el centinela de la fidelidad del pueblo de la alianza. Debe cumplir con firmeza y fe la misión de comunicar la palabra de Dios en su integridad; sea una palabra de esperanza o una palabra de juicio. Y el profeta, como cada uno de nosotros, es responsable de no haber anunciado a todos la palabra de Dios, de haber callado. Por eso es tan difícil que un verdadero profeta guarde silencio. Efectivamente, se pone el acento en la responsabilidad de quienes escuchan la palabra del profeta. La carta a los Romanos no es un texto doctrinal sino parenético.

El deber más importante que tiene todo cristiano es amar a Dios y al prójimo; en esto consiste la ley y los profetas; en esto se resuelven todos los mandamientos. Y esto se toma de uno de los decálogos del Antiguo Testamento. Y todos estos mandamientos se resumen en uno: amarás a tu prójimo, como te amas a ti mismo. Es muy posible que aquí se esté pensando en la complejidad de todos los preceptos de la ley mosaica, pero todo se reduce a amar a los demás, tal como nosotros queremos ser amados. El amor es la única virtud que integra a los enemigos. Esta es la norma de vida que San Pablo propone para todo cristiano y que debería ser la de todos los hombres. En esta breve síntesis, Pablo nos presenta toda la praxis de quienes han aprendido a ser cristianos al aceptar la gracia salvadora de Dios.

El Evangelio nos enseña la importancia de vivir la fe en comunidad, aprendiendo a relacionarnos con los demás desde el amor, la comprensión y el perdón. Jesús nos invita a practicar la corrección fraterna, no para juzgar o señalar, sino para ayudar al hermano a volver al buen camino. También nos recuerda el valor de orar juntos, porque la oración y el perdón adquieren una fuerza especial cuando los vivimos unidos como comunidad..

Suyo en Cristo Jesús, Fr. Francisco Quiroz

Reflexión espiritual - 13 de septiembre del 2026

Las tres lecturas de este domingo repiten, desde ángulos distintos, una misma invitación: no olvides. No olvides la alianza, dice el Sirácida. No olvides a quién perteneces, dice Pablo. Y el Evangelio añade: no olvides el corazón del Rey. Porque el perdón no nace primero de nuestro esfuerzo, sino de la contemplación de una misericordia que nos precede. Solo quien permanece en la memoria de ese amor aprende, poco a poco, a mirar al hermano con los mismos ojos con los que Dios lo ha mirado primero.

La primera lectura de hoy se toma de una parte en la que aparece una serie de sentencias sapienciales que, en realidad, constituye una exhortación al perdón. El rencor y la ira, pasiones humanas, los atribuye el autor a los pecadores. Esto lleva a la venganza, y la venganza es algo que abomina el Señor. Este texto bíblico nos invita a la misericordia porque, con ella, imitamos a Dios. De esta manera, desde las ideas de sabiduría, se prepara precisamente la predicación de Jesús sobre el perdón de los pecados y sobre la misericordia de Dios. Y es que quien sabe perdonar, se aproxima entrañablemente a la grandeza de Dios. Quien no quiere perdonar, quien se obsesiona con la venganza, no puede considerarse sabio ni religioso. ¿Cómo es posible que alguien se considere verdaderamente religioso cuando experimenta rencor y odio? La segunda lectura se fundamenta en toda la actuación cristiana en lo cristológico: vivimos y morimos para el Señor; en todo somos del Señor. Si aceptamos que hemos sido redimidos por Cristo, sabemos que le pertenecemos. Y esta "aparente esclavitud" es el grito de libertad más grande, porque así no estaremos esclavizados por otros señores de este mundo. Y la razón es que nadie ha dado su vida por nosotros como lo hizo Jesucristo. San Pablo dice claramente que la vida y la muerte pertenecen al Señor, porque es en la muerte y la resurrección de Jesús donde se resuelve nuestra existencia y nuestro futuro. La parábola del "siervo despiadado" es una genuina parábola de Jesús, acomodada por la teología de Mateo, que hace que Pedro pregunte, con el objeto de dejar claro a los cristianos, que el perdón no tiene medida. El perdón cuantitativo es como una miseria; el perdón cualitativo, infinito, rompe todos los cantos de venganza, como el de Lamec. Setenta veces siete es un elemento enfático que indica que no hay que contar las veces que se ha de perdonar. Dios, desde luego, no lo hace. Es desproporcionada la deuda del siervo con su señor, respecto de la de siervo a siervo. Este pasaje quiere hablar de Dios y de cómo se compadece ante las súplicas de sus hijos. ¿Por qué? Porque es tan misericordioso, perdonando algo equivalente a lo infinito, que parece casi imposible que un siervo pueda deberle tanto. Efectivamente, todo es desproporcionado en esta parábola, y por eso podemos hablar de la parábola de la "desproporción". Cuando la parábola llega a su fin, todo queda más claro que el agua.

Suyo en Cristo Jesús, Fr. Francisco Quiroz

Reflexión espiritual - 20 de septiembre del 2026

En la primera lectura, estamos ante una llamada verdaderamente materna para buscar a Dios en nuestra vida, porque Él no es como lo imaginamos; actúa, ciertamente, con misericordia. Es verdad que no siempre se ha presentado así a Dios en la teología del Antiguo Testamento, sino más bien, negativamente. Pero este texto profético debe poner en evidencia ese tipo de teología. Los caminos del Señor, es verdad, no son los de los hombres; ni sus planes son como los nuestros. De ahí que el profeta exhorte a buscar al Señor para salir de la opresión del destierro.  Se trata de poner de manifiesto el proyecto salvífico de Dios por el que nunca se han fascinado verdaderamente los hombres. Es como si desearan, algunos, que Dios siguiera siendo duro e imposible de comprender. Pero el profeta expresa todo lo contrario y todos estamos llamados a buscarlo y a convertirnos a Él, porque está cercano y, sin duda, se deja encontrar. Dios no huye, ni se esconde, ni "pasa" de su pueblo o de cada uno de nosotros.

En la segunda lectura, San Pablo está prisionero en Éfeso y se confía a su comunidad de Filipos, adonde piensa ir. Lo ha pasado muy mal; ha podido estar a las puertas de la muerte, en la cárcel o a causa de una persecución y les habla de lo que significa para él “vivir en Cristo”, estar con él, orar con él. Ha sentido su presencia salvífica hasta lo más profundo y no le teme ya a la muerte. Es como si quisiera afirmar que no le teme a la muerte porque tiene la confianza en Cristo, su Señor. Ha tenido y tiene la experiencia de lo que es "vivir en Cristo", y la muerte le abre la puerta a la vida que nadie podrá arrebatarle. Solamente desearía quedarse en este mundo, entre los suyos, para servir a las comunidades a las que ha predicado el evangelio. Es uno de los pasajes de Pablo que más importancia tiene para la teología de la muerte y la resurrección.

La parábola de los trabajadores de la viña nos muestra que Dios no mide como nosotros medimos. Los que llegaron al final recibieron lo mismo que quienes trabajaron desde temprano, no porque lo hubieran merecido, sino por la generosidad del dueño. Jesús nos enseña así que la salvación no es un premio que Dios reparte según nuestros méritos, sino un don de su amor y misericordia. Dios no piensa ni actúa según nuestra lógica de “quién merece más”. Él mira la necesidad de cada persona y ofrece su amor, su perdón y su salvación con generosidad. La invitación es a buscarlo, confiar en Él y aprender a mirar a los demás con la misma misericordia con la que Él nos mira a nosotros.

Suyo en Cristo Jesús, Fr. Francisco Quiroz